Mi nombre es Mayra Fernández, tengo 36 años y llevo 4 años recuperada.

Desde este aprendizaje que es lo que yo llamo la " bendita recuperación" a día de hoy soy una persona nueva, con una vida digna, completamente normalizada y con muchos proyectos y ilusiones por delante, siempre eso sí, siendo consciente de que mi enfermedad estará conmigo el resto de mi vida y nunca debo perder el respeto a la droga.

Ya desde bien pequeña, recuerdo que mi madre decía que era una niña especial, muy sensible y diferente al resto de mis amigos del colegio. Ahora sé que siempre fue así, ya reunía muchas condiciones para desarrollar una adicción en la adolescencia.

Mis primeros consumos empezaron con 14 años, alcohol, algún porrito de vez en cuando, yo pensaba que eso era lo normal.

Siempre me gustó ir con gente mayor, a los 15 años mi grupo de amigos eran todos 5 y 10 años mayores que yo. Ellos consumían todo tipo de drogas desde hacía años y ahí fue cuando empecé a probarlas; pastillas, anfetaminas, speed, cocaína, porros, lsd...

Ese fue el pistoletazo de salida. Era una niña muy insegura, con baja autoestima, llena de complejos, vulnerable, fácil de manipular y falta de cariño.

Una adolescente que sólo buscaba divertirse y sentirse feliz aunque fuera a ratitos y la droga logró darme esa falsa felicidad y esa falsa seguridad que tanto anhelaba.

A los 19 años pedí ayuda a mis padres por primera vez, fue después de meterme una raya delante de mi hermano pequeño. Esa es una imagen que nunca olvidaré, su cara desencajada y el sentimiento de que le había fallado y decepcionado, fue algo que pesó durante mucho tiempo en mi conciencia.

Mis padres decidieron poner tierra de por medio y me mandaron a 600 kilómetros de casa, con la mala suerte que caí en casa de una mujer alcohólica y ludópata, así que fue peor el remedio que la enfermedad.

Conseguí dejar de consumir drogas, pero allí perdí al único amigo que tenía en un accidente de moto, sólo tenía 18 años y yo ese día debía volver con él en la moto, casualidades de la vida, me marché antes. Ahí fue cuando me vine abajo, me sentía sola y abandonada, sin nadie con quien poder contar y esto desencadenó en un largo y arduo proceso de trastornos de alimentación y autodestrucción.

Después de años de lucha, de centros, psiquiatras, de mudarme de ciudad en ciudad buscando alejarme de todo y todos, pensando que empezando de cero resolvería lo que me pasaba y destruyendo familia, amistades y parejas, por fin reconocí que tenía un problema, que era adicta.

A los 32 años, tuve un episodio de violencia de género bastante escandaloso y eso fue lo que me empujó a tomar la decisión de buscar ayuda y salir de la miserable y enfermiza vida que llevaba, no podía dejar de consumir desde que me levantaba hasta que caía muerta, era una sensación horrible.

Así que decidí ingresar en un centro y empezar un tratamiento. Y sinceramente, los inicios no son nada fáciles, pero si te dejas llevar y vas de la mano de profesionales que han pasado por lo mismo, el resultado después de un tiempo merece la pena y mucho.

Hoy en día, sigo aprendiendo cada día, de todo, de todos y creciendo como persona y a nivel emocional desde la alegría, con una actitud positiva y siempre dispuesta a escuchar para evolucionar. Porque esto no se para y es maravilloso ver cómo vamos cambiando y recuperando todo aquello que habíamos destruido.

Porque de la droga se sale.

Si necesita ayuda, no dude en ponerse en contacto con nosotros. Nuestro equipo de profesionales ofrece asesoramiento para abordar juntos la manera más efectiva de afrontar el problema en cuestión y potenciar unos hábitos sanos, que ayuden al paciente en su total recuperación.